
Una niña encantadora e inocente, vestida con una pequeña caperuza de un color vívamente rojo. Así se nos ha contado como era a lo largo de toda nuestra infancia.
Su presencia se encuentra en relatos desde mucho tiempo atrás. Su historia salpica a mitos como el de Cronos, que devoró a sus hijos y que, sin embargo, salen sanos y salvos del vientre de su padre siendo sustituidos por una piedra.

No obstante, fue Perrault, en 1697, el primero en comenzar a darle su verdadera forma. Pero su versión es pobre y evidente. Su relato concluye con el lobo devorando a Caperucita en la cama, dejando al niño con una ansiedad innecesaria y confusa. Además, añade una moraleja en verso que plantea directamente cada detalle, no dejando ningún resquicio a la imaginación del lector.
Fueron los Hermanos Grimm, ya en 1812, los que definitivamente fijaron y lanzaron al imaginario colectivo a Caperucita. Añadieron al cazador y salvaron a la abuela y a Caperucita de la tripa del lobo.
¿Pero por qué nos atrae tanto esa niña tan "inocente"? Quizás, porque nos revela nuestro yo oscuro. No es nada casual el color de su caperuza. El rojo, instintivamente, nos lleva a las emociones más violentas y pasionales que albergamos en nuestro interior. Y son,sobre todo, las del tipo sexual.

Nos atrae porque cede a la tentación y disfruta de recoger las flores (esto es el placer frente al deber que dirían los psicoanalistas) y deja que el lobo llegue antes a casa de la abuela, dándole hasta el más mínimo detalle de su ubicación, en un evidente deseo incosciente de que coma a la abuela.
Para terminar, recomendar dos de las mejores versiones que se han hecho sobre su historia. Una, escrita: "Caperucita en Manhattan" de Carmen Martín Gaite y editado por Siruela. Otra, animada: "Litte red Riding Hood" de Tex Avery, de 1943, considerado como uno de los mejores cortos animados de la historia.





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